El Niño 2026 en Colombia: la advertencia que sacude a Bogotá y deja al país expuesto
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👉 Seguir canal en WhatsAppLa alerta ya no suena lejana. En abril de 2026, el Pacífico ecuatorial sigue en fase neutra, pero acumula cinco meses por encima de lo normal y los modelos apuntan a un regreso de El Niño entre mayo y julio. Para el segundo semestre, varios escenarios ya ubican el riesgo en una franja alta, cercana al 80 % y, en algunas lecturas, incluso mayor.
Por eso preocupa tanto oír que Colombia no está lista. La frase no apunta solo al clima, también destapa una debilidad más incómoda: el país suele reaccionar tarde. Y si algo dejó claro la crisis reciente, es que Bogotá tampoco puede sentirse a salvo.
Por qué la alerta de los exministros no suena exagerada
Cuando la advertencia sale de exministros y exautoridades del sector, pesa distinto. Amylkar Acosta ha dicho que el riesgo de un nuevo episodio es alto y que el país llega con el sistema energético tensionado. Ricardo Lozano, por su parte, ha insistido en un punto incómodo: la infraestructura colombiana responde mal a los eventos extremos, tanto por diseño como por mantenimiento y planeación.
A esa lectura se sumó Susana Muhamad al afirmar que no veía al país preparado para enfrentar un fenómeno severo. No fue una frase al aire. Según la reseña de Portafolio sobre la advertencia a Bogotá, la preocupación se centró en la capacidad real de respuesta, sobre todo en la capital y la Sabana, donde un nuevo ciclo seco podría volver a presionar los embalses.
Eso coincide con el mensaje oficial de alerta temprana activado por MinAmbiente e Ideam ante señales de calentamiento en el Pacífico. No se trata, entonces, de una alarma política ni de una exageración mediática. Se trata de una preocupación técnica, basada en señales oceánicas, antecedentes recientes y un aparato institucional que todavía muestra grietas.
Qué muestran hoy los pronósticos sobre El Niño en 2026
Los datos de abril son claros, aunque todavía no describen un evento consolidado. Hoy no hay un Niño activo, pero el océano ya se está calentando y la probabilidad de transición sube en los próximos meses. Los escenarios más recientes ubican el arranque entre mayo y julio, con un 61 % de probabilidad en ese trimestre y un 79 % entre junio y agosto. Después, la señal se mantendría hasta finales de 2026.
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👉 Suscribirme en TelegramTraducido a la vida diaria, el mensaje es simple: si el calentamiento del Pacífico se consolida, Colombia podría ver menos lluvias entre abril y agosto en zonas del Caribe, los Andes y parte del Pacífico. También podrían aumentar las temperaturas en varios puntos del país. La región Niño 3.4, una referencia clave para seguir el fenómeno, podría entrar en un ascenso fuerte durante el segundo semestre. Y cuando esa curva sube, la sequía deja de ser un dato técnico y empieza a sentirse en el recibo del agua, en la factura de luz, en el campo y en la ciudad.
Qué dejó el último episodio y por qué ese recuerdo preocupa tanto
El recuerdo de 2024 sigue fresco. Los embalses cayeron hasta 28,6 % y la generación hidroeléctrica perdió margen justo cuando más se necesitaba. Ese dato no quedó archivado como una anécdota; se convirtió en una advertencia.
Porque cuando baja el agua, no solo tiembla el sistema eléctrico. También aparece el miedo a racionamientos, incendios forestales, pérdidas en cultivos y presión sobre los precios. Ese encadenamiento ya se vio y por eso hoy la discusión no gira solo alrededor de si llega El Niño. La pregunta más dura es otra: ¿qué tan mal puede salir si el país vuelve a reaccionar tarde?
Los puntos débiles que muestran que Colombia sigue sin estar lista
El problema no empieza ni termina en el clima. La fragilidad está en la manera en que Colombia organiza su energía, cuida el agua y planea sus ciudades. Ahí está el verdadero fondo de la advertencia.
Energía y agua, el frente más delicado si bajan otra vez los embalses
Colombia depende en gran medida de la hidroelectricidad. Mientras llueve, el modelo funciona. Cuando la lluvia cae menos de lo esperado, el sistema entra en estrés. Y si además la generación térmica de respaldo no alcanza o llega cara, el golpe puede sentirse en tarifas más altas y decisiones de emergencia tomadas a última hora.
Ese es el punto que más inquieta a Acosta. Como resumió El Colombiano al revisar el impacto en energía, agro y precios, un episodio intenso pondría contra la pared a hidroeléctricas, cultivos y bolsillo de los hogares. No hace falta imaginar un colapso para entender el riesgo. Basta una sequía prolongada, con reservas apretadas, para que todo el sistema opere con menos margen.
El agua corre la misma suerte. Si llueve menos durante varios meses, las ciudades sienten la presión en sus embalses y las zonas rurales la viven en cultivos, ganado y abastecimiento diario. Ahí aparece otro viejo defecto: muchas autoridades locales empiezan campañas de ahorro cuando el problema ya llegó.
Infraestructura, prevención y respuesta local, donde suelen aparecer las fallas
La falta de preparación también se ve en lo que casi nunca abre titulares. Carreteras vulnerables al calor extremo, acueductos con pérdidas, redes contra incendios insuficientes, monitoreo ambiental débil y planes territoriales que todavía miran el clima como si fuera una nota al pie.
Además, buena parte de las obras públicas y privadas todavía no incorpora bien escenarios de sequía prolongada. Se diseña para el promedio, no para el extremo. Y el extremo ya dejó de ser raro. Ahí es donde la advertencia de Lozano cobra peso: un país puede tener pronósticos, pero si sus municipios no convierten esa información en obras, protocolos y coordinación, la alerta queda en papel.
Por qué Bogotá no debería sentirse a salvo
Bogotá suele pensarse como una ciudad fría, húmeda, distante de la idea de sequía. Esa imagen tranquiliza, pero engaña. Una reducción de lluvias en la región andina puede afectar los embalses que sostienen el sistema, elevar la tensión sobre el servicio y aumentar el riesgo de incendios en los cerros y zonas periurbanas.
Menos lluvia no significa un problema lejano para la capital
La capital ya sabe lo que implica vivir con restricciones. Por eso cualquier señal de un nuevo Niño pesa más que antes. Menos lluvia no significa solo menos agua en los embalses; también implica parques secos, suelos más frágiles, días más cálidos y más presión sobre el consumo doméstico.
Ese escenario ya puso a prueba a la ciudad. De hecho, EL PAÍS revisó las mejoras del acueducto de Bogotá ante la posibilidad de un nuevo evento, con el recuerdo aún reciente del racionamiento. Aunque el mensaje oficial es más tranquilo que hace dos años, la tranquilidad no equivale a inmunidad.
Qué tendría que hacer Bogotá antes de que la alerta se vuelva crisis
Bogotá necesita actuar antes del golpe, no después. Eso implica ahorrar agua desde ya, reforzar campañas claras y creíbles, vigilar de forma más estricta los focos de incendio y coordinar mejor a acueducto, salud, gestión del riesgo y alcaldías locales. También hace falta una comunicación pública más útil, menos tardía y menos confusa.
La urgencia está en reaccionar antes
La advertencia no busca sembrar miedo. Busca evitar que Colombia repita errores demasiado recientes. Si El Niño se instala con fuerza en 2026, el daño dependerá menos del nombre del fenómeno y más de la lentitud institucional para responder.
Ahí está el punto central. El país todavía muestra señales de improvisación, y Bogotá, pese a su tamaño y a algunas mejoras, sigue expuesta si vuelve a mirar el problema cuando ya no quede agua de sobra.
