Opinión

Una portada de Atalaya

Por lo menos una vez en la vida hemos visto las portadas de la famosa publicación de los Testigos de Jehová cuyo nombre original es The Watchtower Announcing Jehovah’s Kingdom y le conocemos como la Atalaya. Las vimos en el barrio, mientras alguna de las mujeres con faldas largas, conversación pausada e insistencia conocida las llevaban a las puertas nuestras casas. En la portada, las Atalaya llevan colores fuertes, una torre en la parte superior de las letras, un título y, por supuesto, una representación gráfica.

La antropóloga María Dolores Vargas Llovera nos recuerda que en casi todas las páginas están presentes las ilustraciones o fotografías. Los personajes muestran serenidad, belleza —estereotipada—, armonía corporal y vestidos impecables. Si quieren acompañar un mensaje sobre el mal, el infierno o la desobediencia, entonces las escenas son dramáticas. Pero cuando se busca representar la felicidad y el paraíso anhelado lo que se encuentran son imágenes idílicas; hay gente sumamente feliz, amando todo tipo de animales, paisajes bucólicos, familias —nucleares— unidas, árboles, ríos, flores, etc.

La religión y la política

En Colombia, por cada 274 habitantes hay una persona que pertenece a esta religión. Mientras que, según el Vaticano, por lo menos 45,3 millones de habitantes en el país se acogen o se han bautizado dentro del catolicismo. Con esta mayoría católica y también con un buen número de otras denominaciones cristianas, no debe extrañarnos que nuestros dirigentes y sus votantes manifiesten públicamente su adhesión religiosa en torno a símbolos y ritualidades de corte cristiano. Constantemente lo hacen.

Sin embargo, al momento de comprender la ciudadanía, muchos y muchas parecieran sentirse más afines al mundo de los Testigos de Jehová que de las primeras comunidades cristianas. Cual si fuera una revista de los testigos, la gente fea, con hambre y rabia, empobrecida, harapienta e infeliz, junto a sus familias extensas, sin padres, con tías que crían sobrinos y abuelas que levantan hogares enteros, no deben hacer parte del paisaje. Porque no reflejan armonía ni paz mental, tampoco están lo suficientemente limpias ni sus cuerpos dan muestra de haber comido lo necesario, no tienen pieles blancas y las personas negras no son de aspecto resplandeciente. Mejor dicho, estas imágenes del no-paraíso no deberían existir.

Una portada de Atalaya

Un claro ejemplo de este mundo que sueñan los gobiernos de derecha y quienes salen en su defensa, lo personifica Iván Duque Márquez. El 9 de mayo de 2021, en medio del Paro Nacional, el presidente de Colombia le dijo al Consejo Regional Indígena del Cauca —CRIC— que se fueran de Cali, que “retornen nuevamente a sus resguardos”, que volvieran a sus lugares; territorios en un profundo olvido premeditado por el Estado.

Que se queden donde han estado siempre para que no dañen el orden racial impuesto en las ciudades; para que no molesten a su «gente de bien». Esa gente que viste de blanco en signo de pureza y pulcritud, para que no afeen el paisaje y sigan siendo sujetos del silencio, pero no de derechos. Finalmente, para que los elijan como gobernantes, se tomen fotografías junto a ellos y entonces puedan “disfrazarse” y volverse ese “otro/otra”; pero sin sentir la inclemencia del colonialismo que traspasa el cuerpo, la historia y el territorio.

Cuánto darían muchos y muchas por una Colombia blanca, sin campesinado ni negritudes, sin indígenas, raizales ni pueblos gitanos; sin jóvenes universitarios que carguen su almuerzo en un tarro de arranca grasa reciclado —en el mejor de los casos—; sin mujeres que denuncien la violencia sistemática de género, sin gays ni lesbianas, mucho menos transexuales. Un país consagrado al Sangrado Corazón de Jesús, pero sin Galilea, un lugar que sea como una portada de Atalaya.

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